El viaje en el tren de alta velocidad fue relajado. Luis, que no solía utilizarlo con frecuencia, siempre se asombraba de que pudiera recorrer casi quinientos kilómetros en algo más de tres horas. Residía en una población mediana que contaba con estación de ferrocarril, pero en la que los pocos trenes que paraban tardaban casi el mismo tiempo en llegar a la capital regional que distaba a penas ciento cincuenta kilómetros que a la nacional, a la que ahora se dirigía y, lo que era más sorprendente, por un precio no demasiado diferente.
Por todo ello, Luis había decidido acercarse al punto de partida en la capital departamental con su propio vehículo.
Cuando al final pudo relajarse en la cómoda butaca del convoy, Luis comenzó a pensar en el objetivo de su viaje y a prepararse psicológicamente para las emociones que se avecinaban.
Su mujer, a la cual acompañaba, estaba completamente dormida desde que el tren comenzara a acunarla y hasta roncaba suavemente. La mente de Luís trajo a su memoria el recuerdo del último año, el diagnóstico de Alzheimer para Clara y el peregrinar por servicios médicos públicos y privados, en busca de información, la confirmación de que todo lo que podía probarse para su mejoría era puramente experimental y, finalmente, la gran esperanza que sintió al recibir la constatación de que Clara había sido seleccionada para participar en un nuevo experimento científico prometedor.
Luís recordaba como devoró con fruición todo lo que pudo conseguir y entender sobre esa nueva terapia, Él era psicólogo clínico y , aunque algunas cuestiones teóricas se le escapaban, pudo captar a grandes rasgos lo esencial del procedimiento.
Los científicos del laboratorio Femax habían puesto en marcha una técnica de acceso neuronal de tal precisión que permitía incidir en las conexiones deterioradas que mantenían dormidos ciertos recuerdos y reactivarlos de nuevo.
El logro había sido tan espectacular como mantenido en secreto. Los dueños de Femax no querían arriesgarse a poner en peligro tanto la recuperación de la cuantiosa inversión como la posibilidad de aumentar la rentabilidad demorando todo lo posible el control por parte de los estamentos públicos.
Luis había tenido que firmar un estricto acuerdo de confidencialidad e incluso había sido sutilmente amenazado de represalias importantes si se le ocurría transgredirlo. Pero él, que siempre había defendido con ahinco lo público, estaba dispuesto a cualquier cosa por Clara.
Al llegar a la estación de destino Luís y Clara subieron a un taxi con un equipaje relativamente pequeño ya que, si todo iba como les habían asegurado, sólo tendrían que pasar dos días en el centro. Les comunicaron que la intervención sería rápida y que, tanto si los resultados eran positivos como si lo eran, lo sabrían al día siguiente y, en caso afirmativo, podría continuar en su casa el tratamiento de apoyo químico al proceso siendo imprescindible nada más una visita cada seis meses para consolidar y ampliar la revitalización (así llamaban a su terapia) y realizar los ajustes necesarios.
La esperanza no tiene precio y Luís había hipotecado su casa aferrado a una oportunidad que le había conseguido Carmen, la hija mayor de Clara, que, trabajando en el ámbito de la investigación neurológica de vanguardia, había tenido conocimiento del experimento y pudo comprobar que disponía de evaluaciones científicas significativamente favorables.
Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando, una vez en el centro Carmen le explicó que, en realidad, los dos debían pasar por una intervención y no solamente Clara como habían supuesto.
Carmen le explicó a Luís que esa era una condición exigida ya que se trataba de un experimento científico de vanguardia con unos elevados costes. Lo que había abonado Luís era sólo una pequeña parte del total y ella había logrado llegar a un acuerdo aportando por su parte y comprometiéndose a que Luís se prestaría a participar en la investigación porque aunque él no padecía los problemas de Clara su edad y el ambiente compartido le hacían susceptible de formar parte de una comparación adecuada con su mujer. Le aseguraron que, en ningún caso podría haber consecuencias negativas para ninguno de los dos.
El enfado de Luís fue considerable y la discusión con Carmen acalorada. Le reprochaba sobre todo no haberle consultado, pero no tuvo más remedio que ceder finalmente. La casa ya estaba hipotecada y no podía dejar esfumarse la última ilusión por poder recuperar a Clara.
A la mañana siguiente los dos fueron acomodados en sendas camas que formaban parte del mismo quirófano. Se les sedó y se procedió a la intervención. Luís no había dejado de preguntar sobre qué era lo que le iban a hacer a él, pero solo consiguió respuestas genéricas como “vamos a probar si logramos una mejoría en su memoria” y cuando él replicaba que cómo iban a poder medir la mejoría de su memoria si no le habían hecho pruebas anteriormente, le contestaban asegurando que esos test en la actualidad ya no eran necesarios.
Ante su insistencia, la responsable de la administración del centro le llegó a decir que aún estaba a tiempo de echarse para atrás y que le reembolsarían los gastos del viaje porque había muchas personas en su lista de espera.
Finalmente, momentos antes de que se les aplicara la anestesia, una neurocientífica joven en un momento en que se encontraba sola con Clara y él le dijo que no se preocupara, que se trataba de una estimulación magnética transcraneal y que sus efectos eran sólo temporales. Luis miró a Clara con ternura, sonrió a la joven y se reclinó en su cama resignado a aceptar lo que tuviera que llegar.
Unas horas después, cuando Luís despertó, vio a una mujer de pie junto a él acariciándole la mejilla y hablándole cariñosamente. Se dirigía a él como si hubieran compartido muchos momentos de sus vidas, pero a él le parecía una extraña y todo lo que explicaba una pura invención. Cuando ella muy inquieta le susurró “Luís soy Clar, tu mujer, ¿no me reconoces?” algo se removió en su interior y comenzó a llorar silenciosamente
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