Da Chein estiró los brazos y retorció levemente el torso. Necesitaba desperezarse después de unas horas seguidas de concentración. Miró las paredes desnudas blancas e impolutas de su laboratorio y reposó unos segundos la mirada en las flores del cerezo que vislumbraba por la ventana. Era viejo como él, sonrió Da pensando que cómo él todavía daba flores y frutos. El sol despuntaba y él sabía que pronto llegaría el bullicio de sus colaboradores que se sorprenderían al verlo allí tan temprano. En cambio a Wu Ling no le extrañaría. Desde su época de estudiantes se habían sentido muy próximos y él había mezclado la admiración por su inteligencia con una fuerte atracción sentimental y física. Sin embargo ella no franqueó el puente amoroso y mantuvo su mutua empatía en una relación de colaboración profesional y profundo afecto amistoso. Wu apreciaba de Da su perseverancia sutil y firme la cual, sin embargo, no dejaba de lado una flexibilidad notable. Para ella, él sabía combinar con acierto una gran determinación para conseguir sus metas con una continua exploración para buscar nuevos caminos que le condujeran a ellas. Y estaba segura que no pararía hasta lograr lo que ahora se proponía. Ella era la directora del laboratorio y guiaba con seguridad la investigación, pero era muy consciente de que sin el carisma, el proceder sistemático y la creatividad de Wu sería difícil lograr los objetivos que se habían marcado.
Y el principal se
acaba de conseguir. Hacía tiempo que Wu i Da habían llegado a la conclusión de
que no tenía demasiado sentido fabricar robots con apariencia bien de seres
humanos, bien de mascotas, porque con el desarrollo de las tecnologías ciborg y
de la inteligencia artificial, sería más interesante implantar chips cerebrales
que trabajaran en red y dieran a unos y otros unas posibilidades exponencialmente
amplificadas. Con humanos ya otros laboratorios llevaban la delantera, pero con
animales los avances eran bastante menores y ellos estaban convencidos de
alcanzar resultados que significarían un
salto de escalón científico-técnico y social significativo. Entre los dos
aunaban conocimientos de zoología, etología, matemáticas e informática junto al
hábito de trabajar en una sinergia creativa mutuamente beneficiosa.
Habían elegido a
los conejos como su especie piloto. Reunían una serie de características que
les hacían estar en cabeza de las preferencias. Eran vistos cariñosamente por
los humanos, tenían en general un temperamento dócil, se reproducían con
facilidad, las técnicas de neuroimagen y de optogenética no les alteraban
excesivamente siendo fácil detectar un nerviosismo que anticiparía un rechazo
al implante con una simple modificación fácilmente medible del reflejo
palpebral.
Y ahora ya
estaba!. Por primera vez se había instalado en el cerebro de un grupo de
conejos de diferentes edades y sexos un chip que Da había conseguido finalmente
sincronizar para que funcionasen en red de manera autónoma. Los conejos del
laboratorio que dirigía Wu disponían nada menos que de una inteligencia
colectiva en camino de desarrollarse.
Da recibió la
felicitación de los colaboradores y la sonrisa más radiante que nunca había
visto en Wu. No hacía falta más. La satisfacción y la ilusión eran patentes en
todo el equipo. Con la proverbial autocontención oriental, Wu dirigió unas
palabras estimulantes al grupo y cedió a Da el honor de poner la rúbrica a su
intervención. Él simplemente les pidió que fueran muy meticulosos en el
registro de todas las conductas y movimientos del animal que cada uno tenía asignado y terminó su breve parlamento recordando
aquella frase que a él le parecía más adecuada que cuando fue pronunciada por
primera vez: “un breve paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”.
Apenas ocho meses
más tarde la situación había cambiado completamente. El desarrollo de la
inteligencia en red de los conejos del laboratorio había sido tan
extraordinaria que había superado en mucho la de los humanos que los
supervisaban. Ésta, aunque inicialmente más poderosa, estaba tan débilmente
conectada y tan aferrada a su funcionamiento idiosincrático, que se había
quedado muy atrás ya a los dos meses y medio del “éxito” de Da y Wu.
Los conejos
habían tomado el control del laboratorio. Dominaban las técnicas de fabricación
e implantación de los chips y con su gran poder de reproducción habían
expandido y mejorado ampliamente el poder del grupo. Ahora tenían dominados a
los humanos y los hacían trabajar para ellos. Al principio éstos ofrecieron
resistencia, especialmente Da y Wu, pero los conejos fueron implacables con un
argumento demoledor: Durante años nos habéis esclavizado en vuestras investigaciones.
Ahora nos toca el turno a nosotros. Y no os quejéis, no os someteremos a la
crueldad que vosotros habéis tenido con nosotros, dejándoos sin comer o sin
dormir, extirpando partes de vuestro cerebro para ver lo que ocurría o
sometiéndoos a descargas para ver como aprendéis por el terror. Seremos más
indulgentes y más benévolos que vosotros nunca lo fuisteis pero, eso sí, no
permitiremos ninguna rebeldía de vuestra parte.
Y acto seguido
aplicaron con un rigor sistemático las técnicas de inhibición de conductas
disruptivas que los humanos apenas habían pergeñado desde Pavlov, Skinner y la
publicidad subliminar, reduciendo a un mínimo fácilmente controlable cualquier
connato que tuviera un humano para salirse del guion que le habían marcado
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