Juan no podía desviar la mirada de aquel bulldozer. Estaba como hipnotizado. La pala bajaba lentamente y arremetía contra la casita dejando una nube de polvo donde antes habitaban los recuerdos y las vivencias de una familia. Después levantaba su puño como si celebrase una gran victoria, avanzaba unos pocos pasos y arremetía contra la siguiente, la cual se desplomaba como si estuviera hecha de papel.
Aquel había sido un poblado de casi 30.000 personas edificado hacía más de 40 años con el fin de que la fábrica tuviera a su disposición a una corta distancia a los obreros que necesitaba para que su incesante movimiento no se detuviera ni un instante.
Pero las cosas habían cambiado. Los amos de la fábrica habían decidido que el mantenimiento del poblado no les salía a cuenta. Además la contaminación generada por los procesos que se llevaban a cabo estaba generando un problema que se hacía difícil de disimular. La bomba podía estallar en cualquier momento y podría ser una complicación con solo que entrara en el gobierno alguien más sensible a las consecuencias sanitarias y políticas de lo que estaba sucediendo.
Dicen que el exceso de poder económico difumina la capacidad de prever ciertos peligros que pueden llegar a hacerle tambalear, pero cuando proviene de familias de larga tradición siempre suele haber alguien que advierte de los riesgos y suficiente dinero para pagar al asesor más experimentado en controlarlos.
Éste se llamaba Dave y era de Arizona, pero en los últimos años había viajado a más de diez países en varios continentes. No se andaba con rodeos y su crudeza era tan proverbial como su efectividad. En este caso no tuvo dudas. Había que dispersar cuanto antes a los afectados. Cuando alguno de los que le habían contratado puso objeciones, Dave fue contundente.
Ustedes parecen no han aprendido nada de lo que sucedió en mi país -les dijo, recorriendo con su mirada a todos los presentes- y tras una pausa, continuó:
-Los que apoyaban a Lincoln no lo hacían por humanitarismo. Simplemente habían calculado que les salía muy caro mantener a los esclavos. Era más rentable que se buscaran la vida y ajustarles el salario al mínimo de sobrevivencia. Aplíquense el cuento y no vayan con tonterías. Tienen que destruir el poblado lo antes posible.
El padre de Juan trabajaba como ingeniero en la fábrica y en una reunión reservada le había sido comunicada la decisión. Juan escuchó como se lo contaba a su madre. Aunque su familia había prosperado gracias al esfuerzo en la formación de sus descendientes que había llevado a cabo el abuelo, nunca se sintieron superiores ni menospreciaron a los obreros. Juan tenía amigos que acudían a la escuela del poblado y les avisó lo antes que pudo. Tampoco sirvió de mucho ya que fueron desalojados de manera conminatoria a la semana siguiente sin prácticamente tiempo para ubicarse en las poblaciones vecinas. Se les amenazó para que nadie estuviera presente cuando se iban a derruir las casas, pero Juan se valió del trabajo de su padre para acompañarle como solía hacer cuando tenía exámenes que preparar y en su casa sus hermanitos no le dejaban concentrarse. Aprovechó que el padre fue llamado a una reunión para escaparse de su oficina y de esta manera pudo presenciar cómo se iban demoliendo una tras una las casas de sus amigos.
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